Ecofeminismo en el arte: naturaleza y feminidad en el arte contemporáneo
11 de noviembre de 2025 · 7 min de lectura · por Walensky
En el estudio de Marina Abramović en 2019, una fotografía me impactó: una artista abrazaba un roble centenario, su cuerpo fundiéndose con la corteza, en una performance silenciosa pero luminosa de significado. Esa imagen encarnaba perfectamente este movimiento artístico que une de forma inseparable las luchas ecológicas y feministas: el ecofeminismo en el arte.
Esto es lo que revela el ecofeminismo en el arte contemporáneo: una reinterpretación profunda del vínculo entre las mujeres y la naturaleza, un lenguaje visual que denuncia dominaciones paralelas y una invitación a repensar nuestro lugar en el ecosistema a través de obras conmovedoras.
Con demasiada frecuencia, el arte contemporáneo comprometido resulta inaccesible, percibido como elitista o militante sin matices. Tememos no entender los códigos, perder el mensaje o reducir estas obras a simples consignas políticas. Sin embargo, el ecofeminismo artístico propone un enfoque sensible y encarnado, que habla directamente a nuestra intuición y a nuestras emociones. Estas creaciones no requieren ningún bagaje teórico para conmovernos profundamente. Permítanme guiarles en este universo donde la naturaleza y la feminidad dialogan para crear un arte visceral y transformador.
Cuando la naturaleza se convierte en manifiesto: las raíces del ecofeminismo artístico
El ecofeminismo en el arte contemporáneo surge en los años setenta, en la confluencia de dos movimientos de liberación. Artistas como Ana Mendieta crean entonces performances donde su cuerpo dialoga literalmente con la tierra. Mendieta se cubre de barro, se tiende en huellas excavadas en el suelo y deja que los elementos naturales recubran su silueta. Estas Siluetas no son simples obras de arte: materializan una reconexión espiritual con la Madre Tierra, al tiempo que cuestionan el borrado histórico de las mujeres.
Este enfoque artístico se basa en una observación crucial: las mismas estructuras de dominación que explotan la naturaleza someten a las mujeres. El ecofeminismo en el arte hace visible esta doble opresión a través de materiales orgánicos, formas cíclicas y procesos de crecimiento y descomposición. Las artistas ecofeministas rechazan la dicotomía cultura/naturaleza que sitúa a los hombres del lado de la civilización y a las mujeres del lado de la naturaleza primitiva.
En mi trayectoria como comisaria de exposiciones, acompañé a numerosas artistas que reinvierten esta relación entre naturaleza y feminidad sin caer en el esencialismo. No celebran una naturaleza femenina innata, sino que denuncian un sistema que naturaliza la explotación de ambas.
La materia viva como lenguaje: tierra, vegetales y cuerpo
El ecofeminismo en el arte contemporáneo se caracteriza por un vocabulario material específico. Las artistas trabajan con elementos orgánicos: tierra, agua, plantas, sangre menstrual, leche materna, fibras vegetales. Estos materiales no se eligen al azar: encarnan la vulnerabilidad, la transformación, la fertilidad y la descomposición.
Agnes Denes planta un campo de trigo de dos acres frente a las torres de Manhattan en 1982. Wheatfield – A Confrontation yuxtapone de forma espectacular la agricultura alimentaria y la especulación financiera. Esta obra ecofeminista cuestiona nuestras prioridades colectivas: ¿qué cultivamos realmente en nuestras sociedades urbanas? El trigo dorado ondulando ante los rascacielos crea un contraste impactante que interroga el valor de lo vivo.
El cuerpo como territorio
En el ecofeminismo artístico, el cuerpo femenino se convierte en paisaje, ecosistema, territorio amenazado. Las performances de VALIE EXPORT en los años setenta denuncian simultáneamente la cosificación de las mujeres y la mercantilización de la naturaleza. Su obra Aktionshose: Genitalpanik confronta al espectador con su propia violencia de mirada.
Más recientemente, artistas como Cecilia Vicuña tejen con fibras naturales esculturas frágiles que evocan a la vez las técnicas ancestrales femeninas y la fragilidad de los ecosistemas. Sus quipus suspendidos crean poemas visuales donde cada hilo narra una historia de transmisión, memoria y resistencia.
El arte ecofeminista en su espacio: crear un diálogo cotidiano
Integrar el ecofeminismo en el arte en su interior es acoger obras que cuentan una historia de conexión. Estas creaciones convierten su espacio en un lugar de reflexión cotidiana, donde cada mirada posada en la obra reactiva una pregunta sobre nuestra relación con lo vivo.
Las fotografías de Corine Vermeulen, que documentan el renacer vegetal en las ruinas urbanas de Detroit, ilustran perfectamente esa resiliencia que el ecofeminismo celebra. Jardines salvajes surgen de casas abandonadas y las plantas recuperan sus derechos sobre el hormigón: una metáfora poderosa de regeneración frente al colapso industrial.
En un salón, una fotografía así no solo decora: inicia una conversación. Recuerda que la naturaleza no espera nuestro permiso para persistir, que la vida siempre encuentra un camino y que las fuerzas femeninas de creación superan a las estructuras de destrucción.
Elegir obras que respiren
El ecofeminismo artístico privilegia las representaciones donde naturaleza y presencia femenina coexisten sin jerarquía. Busque obras en las que lo vegetal no sea un simple decorado sino un actor pleno: raíces que atraviesan el marco, cuerpos que se funden con los paisajes, formas orgánicas que evocan a la vez el crecimiento vegetal y la corporalidad.
Las estampas botánicas reinterpretadas por artistas ecofeministas contemporáneas ofrecen una alternativa fascinante a las representaciones clásicas. Muestran las plantas en su complejidad sistémica —raíces, micelio, ciclos de reproducción— en lugar de como especímenes aislados y clasificados según la taxonomía masculina.
Las grandes figuras del ecofeminismo en el arte hoy
El ecofeminismo en el arte contemporáneo vive un renacimiento espectacular desde los años 2010. Ante la urgencia climática, numerosas artistas reactivan este lenguaje para denunciar el extractivismo y proponer otros modelos de relación con lo vivo.
Ursula Biemann crea videoensayos hipnóticos que documentan los ecosistemas amenazados y las comunidades —a menudo femeninas— que los protegen. Su obra Forest Law sigue a mujeres indígenas amazónicas en su lucha por preservar la selva, revelando cómo los saberes tradicionales femeninos y la ecología se encuentran.
Otobong Nkanga trabaja con minerales, tierra y textiles para cuestionar la extracción colonial de los recursos naturales. Sus instalaciones monumentales tejen paralelismos impactantes entre la explotación de los territorios y la dominación de los cuerpos femeninos racializados. El ecofeminismo en Nkanga se convierte en herramienta de descolonización visual.
Lo vegetal como colaborador artístico
Artistas como Emilie Baltz van más allá al hacer de lo vegetal un cocreador de la obra. Crea instalaciones comestibles donde las plantas aromáticas y los procesos de fermentación se convierten en medios artísticos. El ecofeminismo en el arte supera aquí la representación para volverse experiencia sensorial y metabólica.
Este enfoque transforma el estatus mismo de la obra de arte: ya no es un objeto inerte sino un proceso vivo que requiere cuidado, atención y tiempo, cualidades tradicionalmente asociadas a lo femenino y sistemáticamente desvalorizadas en la historia del arte occidental.
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Crear un santuario ecofeminista en casa
Su hogar puede convertirse en un espacio de resistencia suave al acoger el ecofeminismo artístico. No se trata de transformar su salón en una galería militante, sino de elegir obras que encarnen estos valores de conexión, interdependencia y respeto por lo vivo.
Prefiera las obras de tonos orgánicos —verdes profundos, ocres, marrones terrosos— que evocan la paleta natural sin caer en la cursilería decorativa. Las composiciones asimétricas que imitan el crecimiento orgánico, en lugar del orden geométrico impuesto, crean una dinámica visual más viva.
Las impresiones fotográficas de gran formato que representan bosques primarios, sistemas radiculares o ciclos vegetales aportan esa presencia de la naturaleza y sirven además de recordatorio cotidiano de nuestra interconexión con los ecosistemas. En un dormitorio crean una atmósfera serena que favorece el descanso y, al mismo tiempo, alimenta la conciencia ecológica.
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El ecofeminismo en el arte como práctica cotidiana
Más allá de la adquisición de obras, el ecofeminismo en el arte contemporáneo nos invita a transformar nuestra mirada. Nos enseña a ver los sistemas de interdependencia en lugar de objetos aislados, a valorar los procesos más que los productos terminados y a reconocer la agencia de lo no humano.
Esta sensibilidad ecofeminista se cultiva observando cómo los artistas tratan sus materiales: con respeto, colaboración y atención a los ciclos naturales. Nos anima a cuestionar nuestro propio consumo de arte: ¿de dónde vienen los materiales? ¿Quién fue explotado en la cadena de producción? ¿La obra honra o explota a su tema?
En mi trabajo como comisaria, he visto a coleccionistas transformar progresivamente su enfoque tras incorporar obras ecofeministas. Empiezan a privilegiar a artistas que utilizan materiales duraderos, a valorar los procesos lentos frente a la producción masiva y a buscar creaciones que honren en lugar de dominar la naturaleza.
El ecofeminismo en el arte nos ofrece, en definitiva, un modelo de belleza alternativa : no la perfección fija y controlada, sino la vitalidad orgánica, la imperfección fértil, la transformación constante. Es una belleza que acoge la vulnerabilidad, celebra la interdependencia y reconoce que somos naturaleza, no seres separados de ella.
Al colgar una obra ecofeminista en su entrada, crea un umbral simbólico. Cada paso se convierte en un recordatorio: cruzar esa puerta es entrar en un espacio que honra lo vivo en todas sus formas, que reconoce el valor de los ciclos naturales y que rechaza las jerarquías destructivas. Su hogar se convierte entonces en algo más que un lugar donde vivir: en un territorio de resistencia y regeneración.
Empiece sencillamente: elija una fotografía de bosque que le hable, un dibujo botánico que le serene, una obra abstracta de formas orgánicas que evoque el crecimiento vegetal. Deje que transforme imperceptiblemente su mirada cotidiana. El ecofeminismo en el arte no exige grandes gestos: se instala en la repetición suave de esos momentos en que se detiene ante la obra, respira más hondo y recuerda que forma parte de un ecosistema más amplio.
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¿Qué es el ecofeminismo en el arte contemporáneo?
Es una corriente nacida en la confluencia de las luchas ecológicas y feministas, que hace visible una observación central: las estructuras de dominación que explotan la naturaleza someten también a las mujeres. Rechaza la dicotomía que sitúa a los hombres del lado de la civilización y a las mujeres del lado de la naturaleza primitiva.
¿Cuándo apareció el movimiento ecofeminista en el arte?
Surge en los años setenta. Ana Mendieta crea entonces sus Siluetas: se cubre de barro, se tiende en huellas excavadas en el suelo y deja que los elementos recubran su silueta. En 1982, Agnes Denes planta un campo de trigo frente a Manhattan con Wheatfield.
¿Qué materiales utilizan las artistas ecofeministas?
El vocabulario material es orgánico: tierra, agua, plantas, fibras vegetales, leche materna. Estas materias encarnan la vulnerabilidad, la transformación, la fertilidad y la descomposición. Cecilia Vicuña teje así esculturas frágiles cuyos quipus suspendidos evocan transmisión, memoria y resistencia.
¿Qué artistas encarnan el ecofeminismo hoy?
Ursula Biemann realiza videoensayos sobre los ecosistemas amenazados y las comunidades que los protegen, como en Forest Law. Otobong Nkanga trabaja con minerales, tierra y textiles para cuestionar la extracción colonial. Corine Vermeulen fotografía el renacer vegetal en las ruinas urbanas de Detroit.
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